Las comunidades regionales: ¿Podrán ser sujetos del desarrollo?

Hace tres y media décadas el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, comentó, con su elocuencia de siempre, el libro del historiador chileno Claudio Véliz sobre la tradición centralista de América Latina sosteniendo que el centralismo ha sido el principio ordenador de nuestra vida histórica y comunitaria, la sustancia que ha animado nuestras instituciones y leyes, la brújula de la vida económica. Él ha normado por igual la creación cultural y la peripecia política”.

Precisamente, dada su arraigada presencia en nuestra manera de hacer las cosas y su carácter integral y plural, la Comisión Asesora Presidencial en Descentralización y Desarrollo Regional en 2014 adoptó un enfoque sistémico y definió la descentralización como una política de Estado, de largo plazo, donde la gradualidad y su carácter  iterativo y multidimensional son esenciales. De esta forma se esclarece que los cambios institucionales (y especialmente las leyes que le dan forma) no podrán pretender normar la totalidad del proceso ni abordar desde el inicio todas sus esferas de acción. Y, por cierto, se entiende a la descentralización como un instrumento que no sólo es potestad del Estado y de los gobierno nacionales sino que demanda una activa presencia y participación de las comunidades y elites regionales. Porque esa herramienta está dirigida al fin último de mejorar la calidad de vida de las personas en todo el territorio del país, para su mejor desarrollo humano, en un país integrado y solidario. En suma, el éxito del proceso se juega en la capacidad de articulación y aprendizaje de ambos agentes, el Estado nacional y las comunidades regionales.

De tal forma que quienes argumentan hoy que dichas comunidades no están en condiciones de hacerse cargo de las competencias o recursos y miran con preocupación la posible emergencia de caudillos populistas en la próxima elección de Gobernadores Regionales, no parecen entender que ese fenómeno es propio del centralismo y no de la naturaleza de esas comunidades.

Por el contrario, la elección de Gobernadores Regionales, con todo lo perfectible que deba ser en materia de competencias y recursos, introduce un cambio sustantivo: acelera la constitución de las comunidades regionales como sujeto político, como actor protagónico del desarrollo de su territorio. La descentralización es, entonces, una devolución a la ciudadanía regional de su soberanía.

Sólo cuando se constituye el espacio regional para una toma de decisiones con mayor autonomía pueden surgir y madurar liderazgos regionales no subordinados y responsables frente a sus ciudadanos.

La fecha de la elección de gobernadores está en manos del gobierno y los legisladores nacionales. Pero no podrá ser pospuesta por mucho tiempo.

De tal forma que quienes argumentan hoy que dichas comunidades no están en condiciones de hacerse cargo de las competencias o recursos y miran con preocupación la posible emergencia de caudillos populistas en la próxima elección de Gobernadores Regionales, no parecen entender que ese fenómeno es propio del centralismo y no de la naturaleza de esas comunidades.

De tal forma que es urgente la preparación de las regiones para ese nuevo escenario. La magnitud del cambio que se avecina exige asumir un conjunto de nuevas tareas para las cuales es preciso desenvolver desde ya competencias políticas y técnicas en las regiones de Chile. Veamos algunos de esos desafíos:

  • Diseño de políticas regionales: las que hasta ahora, salvo algunas excepciones, son formuladas, junto a sus instrumentos y sistemas de control, desde el nivel central.
  • Capacidad de evaluación del impacto regional de las políticas e instrumentos, y no sólo de su ejecución presupuestaria, lógica que genera desperdicio de considerables recursos fiscales.
  • Capacidad de articulación de actores públicos: dada la sectorialización de la “bajada” y la operación de las políticas nacionales en el territorio (tal como advirtió Germán Correa una década y media atrás).
  • Rendición de cuentas: ya que la descentralización va aparejada con la democratización y el accountability
  • Planificación de largo plazo, vinculante de recursos con pertinencia regional: en reemplazo de los “sueños” de muchas estrategias regionales que se sabe que no serán cumplidas porque no obligan a servicios públicos y ministerios o al propio Gobierno Regional. Y, por cierto, porque nadie sabe cuánto permanece en su cargo un Intendente designado.
  • Sistema de seguimiento y evaluación de políticas y programas regionales, los que hasta ahora son inexistentes o ineficaces, a diferencia de los nacionales que poseen mecanismos de incentivos y sanciones.
  • Capacidad de Pensamiento Estratégico: para esclarecer que es o no “pertinente” para una región determinada, es indispensable disponer de una instancia permanente que, en interacción con los agentes y la ciudadanía y en base a evidencia científica, pueda proponer directrices estratégicas a las autoridades regionales. Sólo así es posible focalizar los esfuerzos y definir prioridades temáticas y territoriales que hagan más eficiente la política pública territorial y ayuden a consolidar una gobernanza territorial del desarrollo.

Algunas regiones, las de mayor masa crítica, tienen mejores condiciones para avanzar en esta tarea. Las otras, deberán tomar iniciativa desde ya, además de contar con el apoyo del gobierno nacional para aprovechar los impulsos de una descentralización gradual y responsable, que despertará con la elección de los Gobernadores Regionales.  Estamos, pues, atrasados!

En síntesis, la tarea de las comunidades regionales es ponerse al día y abordar dos grandes tareas: 1. Fortalecimiento de las capacidades regionales y locales; y 2. Participación Ciudadana y Control Democrático sobre el avance del proceso descentralizador en cada región.

Por PATRICIO VERGARA

Fuente El Mostrador

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