Los conflictos que podrían venir

Lo de Freirina es una voz de alerta para el sector, pero existen potenciales focos de conflicto a lo largo del país. El deterioro de suelos por quemas de rastrojos o la contaminación por excesivo uso de fertilizantes son algunos.El conflicto ambiental, social y político del valle del Huasco llegó a cambiar las cosas en el agro. Ya no basta con millonarias inversiones o promesas de generar empleos para asegurar que las puertas se abran de par en par.
Los habitantes hoy quieren que los proyectos, además de mejorar su nivel de ingresos, no impacten en su calidad de vida, la que están decididos a defender. “La gente se dio cuenta de que puede unirse para cambiar las cosas. Los movimientos sociales tienen un poder enorme ahora y las autoridades y empresas deben tener la sensibilidad y el oficio para manejarse en esa realidad”, afirma Michel Leporati, docente de la Universidad Santo Tomás en Talca y ex asesor del Ministerio de Agricultura.

Y en el agro hay sectores o situaciones que aunque aún no involucran a grupos de presión, de no manejarse adecuadamente podrían generar movimientos de este tipo y encender rápidamente la mecha que lleve a la manifestación pública.

Aquí, un recorrido por algunos de los flancos del agro que podrían ser fuente de situaciones complejas.

1 Maíz, nitrógeno y niños azules

En el año agrícola 2010-2011, el último con cifras finales, la superficie maicera llegó a casi 120 mil hectáreas. La mayor parte de la cosecha que esa superficie entrega va a alimentar a la industria ganadera -de leche, carnes blancas y rojas- chilenas.

Aún más, el maíz es vital para la economía rural de las regiones de O’Higgins y del Maule. Y extiende su importancia a otras zonas del país. Con el aumento de la producción de leche, incluso se está sembrando en las cercanías de Osorno para forraje de las vacas.

Sin embargo, el maíz tiene un gran pero: para mejorar los rendimientos, en Chile se utilizan dosis demasiado altas de nitrógeno como abono, sin dimensionar las consecuencias.

“Aunque no hay estudios para decir cuál es el promedio nacional, lo usual, según mi experiencia, es que se usen 400 kilos de nitrógeno por hectárea de maíz. Sin embargo, también me ha tocado ver lugares en que se coloca el equivalente a 1.000 kilos, pues también se agregan abonos de origen animal. La literatura, en cambio, recomienda cerca de 250 kilos por hectárea”, explica Cecilia Baginsky, investigadora de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Chile.

El problema es que la mayor parte del nitrógeno que la planta no aprovecha, queda en el suelo y luego es trasladado por las lluvias, en forma de nitratos, a las napas de agua. Ahí contamina pozos destinados al consumo humano y al riego. Hay que considerar que el mayor volumen de producción del maíz está precisamente en la zona central del país, donde vive el grueso de los chilenos.

El exceso de nitratos puede tener efectos dañinos en la salud humana -podría provocar cáncer- y resultaría especialmente complejo para los fetos y en bebés menores de cuatro meses, en quienes podría provocar metahemoglobinemia, o “síndrome del bebé azul”, en el que disminuye la capacidad de transporte de oxígeno de la hemoglobina, y en casos extremos lleva a la muerte.

¿Por qué la contaminación de nitratos todavía no ha generado problemas públicos?

Porque en Chile no existen mediciones sistemáticas. Eso sí, la autoridad ambiental ya tiene ese tema en carpeta y en el mediano plazo debería haber novedades.

2 Erosionando el suelo

“Llevamos 250 años dañando el suelo del país”, afirma Carlos Crovetto. El productor del Biobío y líder internacional del movimiento de cero labranza es duro con sus colegas.

El especialista se refiere a la rotura y pérdida de condiciones que implican el arado y las otras técnicas de cultivo tradicionales.

Pero no es la única forma en que pierde suelo. Crovetto lanza sus dardos a la producción en cerros, uno de los sistemas que ha cobrado fuerza en los últimos años, especialmente para la producción de palta y en viñedos. Implicaría pérdida de elementos de sujeción, dejando el suelo más susceptible a la erosión producto del agua, entre otras cosas.

“Se arranca el bosque esclerófilo y se deja el suelo desnudo, que más que suelo pasa a ser un montón de tierra. Eso deteriora los ecosistemas y cambia el uso del agua. En unos años más eso nos va a pesar como país”, reclama Crovetto.

Y falta considerar la quema de rastrojos, que no sólo provoca daños a la tierra, sino que genera densas masas de humo que contaminan e incluso pueden ser causa de accidentes carreteros.

Mientras en países desarrollados la quema de rastrojos está prohibida o severamente limitada, en Chile no existen mayores prohibiciones, salvo seguir el calendario de quemas autorizado por la Conaf.

3 Agroquímicos con más precaución

El 21 de mayo, después del discurso del Presidente, un grupo de pobladores en la comuna de Rengo, VI Región, se aburrió. Ante el anuncio de la empresa de agroquímicos Trical, de que en su planta pretendía aumentar la manipulación de plaguicidas “en 100 mil litros”, según la Red de Acción en Plaguicidas, la comunidad decidió protestar en la calzada este de la carretera 5 Sur.

Para ellos ese aumento podría significar no sólo el riesgo de emanaciones o derrames de sustancias dañinas al interior de las instalaciones -que podrían impactar a los habitantes, los cursos de aguas o las producciones locales-, sino también un aumento de la circulación de elementos peligrosos por los caminos, con el consiguiente impacto en las comunidades.

El temor tiene base: ocurrió en 2007, cuando un camión cargado con cal volcó en el área de Requínoa generando daños y temor. También ha pasado con el transporte de ácido sulfúrico en la ruta del ácido.

Pero más allá del impacto que pueden generar los agroquímicos en aplicadores, en comunidades cercanas, en madres embarazadas (se habla de algunos casos de malformaciones por algunos productos específicos), hay pocos estudios del impacto de las actividades agrícolas en el medioambiente por mal uso de agroquímicos. En el país no hay registros del daño que hacen en cursos de agua o en napas subterráneas.

Una forma de detectar eso sería a través de las normas de calidad secundaria de las aguas, que fijan los niveles de distintos contaminantes, que pueden estar presentes en ella. El problema es que en Chile es escaso el monitoreo que se puede hacer sobre esto.

Aún así, la situación podría adquirir otro caríz en el mediano plazo.

“Si tiras un químico X, eso se lava con la lluvia y por el ciclo del agua una parte importante va a cursos de ríos. Pero eso se puede percibir cuando tienes una norma de calidad secundaria de las aguas. En Chile, por ahora, sólo existen dos, la del lago Llanquihue y del río Serrano”, explica Flavia Liberona de Terram.

También estaría por salir la norma para el lago Villarrica.

Otra fórmula para evitar este tipo de problemas sería implementar programas que permitan una gestión más integrada del recurso, “para tener mayor control de los efectos negativos de la agricultura al medioambiente”, explica Rodrigo Fuster, académico del Dpto. de Ciencias Ambientales y Recursos Naturales Renovables de la Universidad de Chile.

5 Destrucción de la flora y fauna del borde costero

El día 28 de marzo de 2012, la ONG Oceana realizó un muestreo de recursos marinos de consumo humano (locos, almejas, lapas, y jaibas) en cuatro puntos aledaños a la localidad de Ventanas (famoso porque ahí existe un complejo industrial del mismo nombre con una fundición de cobre y tres termoeléctricas al que dan la pelea los pescadores artesanales de la zona), para determinar si están contaminados con metales.

Los resultados no dejan espacios a dudas: el 100% de las especies analizadas están contaminadas con cobre, arsénico y cadmio.

“Los valores más altos de contaminación con cobre, arsénico y cadmio se detectaron en los locos del área de manejo de recursos bentónicos ubicada en la playa El Tebo. Estos contienen cinco veces más cobre y cuatro veces más arsénico que lo que permite la normativa chilena”, indica el informe.

El caso no es aislado. Se repite en el borde costero a lo largo del país donde se instalan termoeléctricas que al desechar aguas a altas temperaturas y con algún compuesto adicional, van destruyendo la flora y fauna del borde costero nacional.

Más al sur, la acuicultura ha significado la degradación del fondo marino.

“La noticia es que Sernapesca refuerza el plan de control, pero, ¿cuántas naves tiene para fiscalizar en Los Lagos, Aysén o Magallanes? La respuesta es cero”, acusa Flavia Liberona.

Además, la capacidad oficial para controlar implica una dificultad para poder supervisar si todos están trabajando como deben. De todas formas, en este tema las autoridades cada vez se están volviendo más rígidas.

6 Poca conciencia hipoteca los humedales y cuencas

Fue en febrero pasado cuando en el fundo Laguna de Batuco, de propiedad de Joaquín Achurra, en la Región Metropolitana, se detectó un drenaje que desviaba aguas desde el canal que las conduce hasta el humedal, hacia una piscina privada del empresario.

El robo, representa un agravio desde el punto de vista civil. Además, desde la perspectiva medioambiental ha alterado todo el ecosistema que circunda a la localidad metropolitana.

Esto ha implicado consecuencias graves, como la desorientación de los cisnes de cuello negro, que antes llegaban al humedal y ahora lo hacen a campos y alrededores que no tienen las condiciones ambientales para ellos. El robo fue informado a través de una resolución de la DGA, y actualmente habría una querella criminal en el Juzgado de Garantía de Colina por usurpación ilegal de aguas.

El caso muestra la poca conciencia que tienen algunos respecto de la importancia de mantener fuentes naturales como la de los humedalesa. En la agricultura en ocasiones se da que algún agricultor sustrae sin autorización agua del vecino. Es un reclamo común en las asociaciones de canalistas, aunque ello está penado. Sin embargo, son las mismas asociaciones de canalistas las que no tienen conciencia clara del impacto que significa para el medioambiente el uso de aguas que debieran llegar a humedales o a otras cuencas.

Más aún porque es un tema de importancia estratégica para la ecología del país. Otro tema es el impacto que hace la agricultura “eficiente” a las cuencas subterráneas y a los humedales, que se han ido agotando, pues ahora el agro utiliza menos agua, por lo que no queda para infiltrar o rellenarlas.

“Es efectivo que el aumento de la tecnificación ha significado una disminución de las aguas de retorno. Antes, cuando se regaba más “ineficientemente”, se reducía menos el agua de los acuíferos”, explica Rodrigo Fuster. El uso excesivo de nitrógeno está en la mira de las autoridades.Falta de conciencia en la importancia de mantener las cuencas de aguas para la protección de especies.

Por Martina Salvo y Eduardo Moraga.

Fuente: Revista del Campo El Mercurio

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