LA OTRA DESIGUALDAD

Una otra desigualdad se hace notar en Chile cada vez con mayor fuerza, es la desigualdad territorial.

Y lo hace desde dónde se sufren sus consecuencias, desde la más amplia diversidad de territorios habitados de nuestra humana geografía.

Un día puede ser la Región de Aysén cuyo ‘rugido’ frente a las desigualdades que se le acumulan se escucha en todo el País; Pelequén que por unas horas paraliza medio Chile para decirnos que algo malo huele en nuestra Región del Libertador; o Calama que se expresa por el derecho a que no sólo se le extraiga riqueza sino que también se invierta en su desarrollo, y que además debate y planifica participativamente el tipo de ciudad en que quiere transformarse al 2025.

Desde antes, es la asamblea ciudadana de Magallanes la que viene reclamando con energía un nuevo trato en materia de energía; o Puchuncaví, cuyas atenciones de urgencia a los niños y niñas de La Greda afectados por emanaciones de termoeléctricas y refinerías, quien nos dice que no hay inversiones contaminantes que valgan la pena vidas humanas. También Dichato, Constitución y centenares de comunidades locales afectadas por el terre-maremoto, las que exigen algo tan simple como que se les cumpla lo prometido

En un pasado ya no tan cercano, fue Lota y toda la llamada Zona del Carbón la que exigía alternativas al chiflón del diablo, para construir nuevos horizontes; u otras ciudades y localidades que han ondeado banderas negras para decirnos al resto del país que están “de luto” ante tanta falta de oportunidades. Y mañana pueden ser Petorca y Cabildo, cuyos poblados y cultivos hoy se mueren de sed ante la sequía, quienes demanden ser tratados como territorios que hacen Patria aportando riqueza de diversidad, recordándonos que sus habitantes y cultores son también ciudadan@s (y ruralian@s) de primera.

No son demandas por privilegios o subsidios, sino por trato digno. No más, pero tampoco menos que si se tratase de las comunas en que las personas con más dinero del país se concentran para residir o vacacionar en Chile; o cualquier otra.

Quienes reclaman igualdad de dignidad en el trato no son necesariamente los territorios más pobres. Magallanes, una de las regiones con menor pobreza, es la que demanda una mayor retribución del país por la riqueza que le aporta; y Aysén ha sido a quien algunas autoridades han “acusado” de tener tan buenos indicadores económicos en los últimos años que —señalaban—, resultaba “incomprensible” el que reclamara por algo. Por su parte, Calama, probablemente una de las comunas de la cual salga más riqueza bajo la forma de cobre, es quien lidera el reclamo que una proporción de esa riqueza generada quede y se reinvierta en su propio territorio, para mejor vivir en él.

Así como no se trata, necesariamente de los territorios más pobres, o con mayor pobreza, carencias o precariedades; al reclamar por igualdad de trato de parte del resto de la Nación; prácticamente en todos los casos exhiben y destacan, entre los atributos de su gente y de sus dirigentes, la sencillez o la humildad, no la ‘importancia’ o influencia de ellos/as o de sus impuestos. Y reivindican la paciencia ejercida por años de espera activa, con innumerables gestiones para ser tomados en cuenta, sistemáticamente ignorados y desoídos. Con ‘Paz-Ciencia’ han ganado autoridad moral para levantar la voz, decir basta y emprender nuevos cursos de acción.

Y entre quienes participan del reclamo por igualdad de trato territorial, hay riqueza de diversidad: en los territorios se movilizan grandes y pequeños, minorías y mayorías, sectores y vecinos; representantes de las más diversas expresiones, creencias y posiciones, autoridades electas incluidas, de uno y otro signo.

No tienen su esperanza puesta en gestores o salvadores externos; ya que son los propios territorios los que hablan y se movilizan, con sus propias voces y formas de actuar. Ante ello, las autoridades territoriales electas —alcaldes/as, concejales/as, parlamentarios/as—, o se suman como acompañantes de los respectivos procesos o, se restan y quedan fuera de ellos. En ciertos casos, algunas de dichas autoridades podrán incluso liderar algunos de estos procesos, o parte de ellos; pero ya no podrán detenerlos.

La desigualdad territorial, la de desigual dignidad del trato a los diversos territorios ya estaba instalada en Chile. Lo que ocurre ahora es que ello se está haciendo visible para el resto del país, tanto porque los territorios empiezan a superar el miedo ancestral al poder central—y a la representación regional y local del mismo—, o el complejo de ser menos que otros, considerados importantes; así como por la diversidad y progresiva recurrencia con que los territorios afectados empiezan a sacar su propia voz y a mostrar nuevos caminos en el quehacer colectivo.

Como antes ocurriera frente a diversas otras desigualdades en la dignidad del trato, por ejemplo, respecto de las mujeres, las personas con capacidades diferentes, los niños y niñas o, más recientemente, las minorías sexuales y nuestros pueblos indígenas; el movimiento de voces y acciones colectivas en pro de la igualdad de trato, esta vez territorial y, a la vez, desde los territorios, ha surgido y se ha instalado en Chile.

Movimiento al que “bienvenimos” y nos sumamos. De los frutos cuyas semillas se han sembrado y pacientemente cultivado, sólo puede esperarse un mejor país.

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